El desperdicio de alimentos: más que un problema con costes millonarios.

En la Unión Europea se generan cada año 88 millones de toneladas de desperdicios de alimentos. Su gestión supone unos costes aproximados de 143 millones de euros, según los datos recogidos en el informe Fusions publicado en 2016 por la Comisión Europea.

Aparte del problema ético y económico que suponen estos desechos, hay una consecuencia más: las repercusiones que sobre el medioambiente está teniendo la explotación de recursos naturales limitados. Solo el desperdicio de alimentos genera aproximadamente el 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Con la alarmas activadas, se están poniendo en marcha diferentes iniciativas que están ayudando a paliar este desperdicio de alimentos y que afectan a todos los actores de la cadena. Empezando por aquellos que producen y procesan los alimentos, como agricultores y fabricantes, siguiendo por quienes los comercializan y, por supuesto, los consumidores.

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Cómo medir en euros los resultados sociales de las empresas.

Lantegi Batuak es la iniciativa empresarial de mayor dimensión que existe en Bizkaia en el ámbito de la discapacidad y, especialmente, en la discapacidad intelectual. En ella trabajan 3.100 personas. Pese su carácter marcadamente social, también opera en el mercado. El 80% de la actividad de sus 25 centros de trabajo es industrial. Entre facturación y algunas subvenciones, anualmente mueve más de 100 millones de euros. Desde hace ocho años, la organización funciona con una doble contabilidad: la de carácter económico-financiero y la de carácter social. Y ambas comparten la misma unidad de medida: el dinero. Eso, medir las cosas en euros, todo el mundo lo entiende.

Y es que cuando una compañía contrata, por ejemplo, a 200 personas, en sus cuentas computa en negativo, como un gasto, lo que no deja de resultar paradójico considerando las consecuencias positivas, sociales y también económicas, en múltiples aspectos, de crear empleo. Más aún se da esta contradicción si hablamos de personas con discapacidad. De ahí la necesidad de medir otros parámetros.

Son cada vez más las empresas que realizan balances sociales que recogen su comportamiento ante determinados indicadores.  Pero no estamos hablando de eso. Hablamos de poder comparar los resultados económico-financieros con los resultados sociales, con los mismos parámetros.

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La inclusión laboral, apuesta para empoderar a personas con Síndrome de Down.

Jorge Sandoval, de 31 años, es responsable, respetuoso y trabajador, así lo describe su madre, que lo ha guiado para que pese a ser una persona con Síndrome de Down, tenga un trabajo que le permite ser autónomo y perseguir sus propias metas, como comprar una casa y un automóvil color rojo.

De lunes a viernes se despierta, arregla su cama, se prepara e inicia su jornada laboral a las 09,00 horas (15,00 GMT) en la recepción del Ayuntamiento Municipal de Sayula, en el occidental estado mexicano de Jalisco, donde lo que más disfruta hacer es ayudar y atender a las personas que llegan a las oficinas.

Martha, su madre, comentó a Efe que la formación de Jorge desde pequeño fue estricta y basada en valores sociales “porque queríamos que se integrara a la sociedad como cualquier niño”.

Al terminar su educación primaria especial tuvo su primer empleo en una fábrica de cajeta (dulce de leche) durante cuatro años.

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La RSC avanza en la estrategia de negocio de las empresas españolas.

Las políticas ambientales, sociales y de gobierno se han hecho ya hueco en el mundo empresarial, a la espera del nuevo impulso que le darán la nueva legislación y la Agenda 2030.

La sostenibilidad como herramienta de gestión empresarial, los factores que están contribuyendo a su impulso y los retos aún pendientes fueron algunas de las cuestiones abordadas en el V Observatorio sectorial sobre Responsabilidad Social Corporativa, organizado por EXPANSIÓN en colaboración con Philip Morris, Ferrovial, Ria Financial y Unicaja Banco.

“El tamaño e influencia de los equipos de RSC ha crecido en los últimos años en las empresas como respuesta a una mayor percepción del valor estratégico de la sostenibilidad, que ha pasado de ser apreciada por contribuir a mejorar la reputación a ser valorada por su aportación al valor del negocio”, aseguró el director general de Forética, Germán Granda, moderador de la jornada, citando el informe que la organización ha realizado sobre el estado de la RSE y la sostenibilidad.

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Los consumidores son el nuevo jefe.

Cuando la Organización de Naciones Unidas impulsó la responsabilidad social corporativa (RSC) hace 30 años, nació como unos deberes optativos para las compañías y un imperativo futuro para las Administraciones. Hoy (y mañana más) ha cambiado de manos y es una elección de los consumidores y una soterrada exigencia de las plantillas.

Lo que empezó en forma de donaciones, reducción de efectos contaminantes o vigilancia de los proveedores se está convirtiendo para las compañías que trabajan de cara al cliente en un mandato ineludible. Las ventajas ya no son solo fiscales, de márketing o de buena conciencia.

La clave la tienen estudios como el Edelman Earned Brand 2018, que afirma que “dos de cada tres consumidores de todo el mundo comprarán o boicotearán una marca únicamente por su posicionamiento ante un determinado problema social o político”. Y lo están decidiendo muy rápido. En un año, el panorama ha cambiado determinantemente. Según este informe, los estadounidenses que comprarán basándose en valores o creencias son un 12% más que en 2017 (59% del total) y los británicos, un 20% más (57%), por poner solo dos ejemplos de una tendencia global y, al parecer, viral. “Este es el nacimiento de la democracia de las marcas”, definía Richard Edelman, presidente y CEO de Edelman, que asegura que “son los consumidores quienes las están eligiendo como sus agentes de cambio”.

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