Invertir en sostenibilidad es ganar competitividad.

En 1987, el informe Our Common Future acuñó la definición de desarrollo sostenible como aquel que “responde a las necesidades actuales sin poner en riesgo la capacidad de de las generaciones venideras de satisfacer sus propias necesidades”. Esta filosofía late asimismo bajo el concepto de competitividad sostenible que el Foro Económico Mundial (WEF) recoge en su informe sobre competitividad del año 2015.

El Foro insistía entonces en que la competitividad sostenible tiene más que ver con esta idea de un desarrollo sostenible que con la importancia de la productividad como garante del crecimiento futuro. Este tipo de competitividad era, pues, “el conjunto de las instituciones, políticas y factores que hacen a una nación productiva a largo plazo a la vez que aseguran la sostenibilidad del medioambiente”.

La tarea atañe así al Estado y el tejido productivo, que deben trabajar de manera coordinada en la reducción del carbono, la mejora de la salud y la biodiversidad; y, en el plano social, la inclusión, la equidad y la cohesión y la resiliencia.

Por fortuna, la correlación entre competitividad y sostenibilidad es muy positiva, como revela el informe de Forética y Marca España RSE y marca España: Empresas sostenibles, país competitivo: con datos del propio WEF, los autores establecen la sintonía entre ambas magnitudes, y demuestran que “el desarrollo de una RSE -responsabilidad social empresarial- de vanguardia en las empresas e instituciones es una fuente de competitividad a largo plazo”.

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